La gota Challapalca
César Campos R.
La fuga de 17 internos –considerados de alta peligrosidad– del penal de Challapalca, Puno, colma de piedras el zapato del gobierno en lo que a política penitenciaria se refiere, borra del imaginario popular el éxito de la captura de “Artemio” y coloca nuevamente el tema de la inseguridad ciudadana en la cima de las prioridades públicas.
En efecto, nada hay más cuestionable hasta la fecha en las tareas del Poder Ejecutivo que el desempeño del Instituto Nacional Penitenciario (Inpe), ente encargado de la administración de los centros de reclusión o de “readaptación social” como eufemísticamente se le llamó desde los años del gobierno militar 1968-1980, a despecho de su proceso evolutivo hacia verdaderas universidades del delito.
El Inpe ha ocupado las primeras planas de los diarios durante los últimos seis meses por otras fugas, requisas que confirman la coladera de drogas, celulares y un largo etcétera; también por los extraños privilegios de los que goza Antauro Humala, rubia incluida.