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Sáb, 19/05/2012 - 10:00
Racismo
Isaac Mekler
meklerneiman@gmail.com
Desde hace un par de meses ya, nos hemos dedicado a preguntarnos sobre lo que se enseña en las casas y lo que no. De lo que hablamos con nuestros hijos y de lo que no. De las enseñanzas que damos a nuestros hijos, y de las que no.
Esto empezó, cuando de pronto, sin que lo tuviéramos programado, el reloj despertador en forma de coche bomba nos despertó. De pronto, nos dimos cuenta que habíamos sido derrotados en mantener la memoria de nuestra dramática historia recién pasada. A raíz de que un grupo de fachada de Sendero Luminoso intentó inscribirse como partido político, y al confirmar que tenía más de trescientas mil firmas, muchísimas de ellas de jóvenes, nos dimos cuenta que, como padres, habíamos fallado. No les hemos contado a nuestros hijos la ferocidad homicida de SL, ni que sus víctimas (veinte mil, según algunos cálculos, sesenta mil según la CVR) fueron en un 80% humildísimos campesinos. No les contamos, nunca, alrededor de una mesa a nuestros hijos, que la sed de sangre de SL lo llevó a matar sin piedad, a destruir infraestructura pública, a mantenernos a todos atemorizados. Tampoco, lógicamente, les hablamos del MRTA.
Esta última semana hemos vuelto a mirar hacia los hogares, porque ha quedado claro que modales mínimos, no enseñamos. Que valores, no transmitimos. Que ética, es un ser extraño. Que el respeto a los mayores, ya ni nos acordamos de mencionarlo en casa. Sucede, simplemente, que los padres han abandonado su labor formadora de seres humanos dignos para el futuro. Han abandonado la educación de sus hijos. Creyendo que es labor del colegio, sin entender las diferencias entre educación e instrucción, entre formación e información. Entre valores y conocimiento.
A raíz de la grosera, vulgar, malcriada, maleducada y estúpida conducta de un muchachito que “choleó” a una señora en el cine, diciéndole “Chola de m...,’ entre otras afirmaciones, así de ruines, así de insolentes. Este, muchacho es hijo de una señora. aparentemente famosa y es por eso que se destapó la olla. De ser un chico, sin fama alrededor, esto hubiera pasado, como pasan cientos de casos a diario, sin que siquiera nos enteremos.
Entonces, otra vez, a mirarnos hacia adentro. ¿Somos racistas y se lo hemos transmitido a nuestros hijos? A veces, no es necesario que un padre haga un gran discurso en la mesa sobre las ventajas del racismo, para que su hijo lo sea. Bastan pequeñas frases, algunos gestos, ciertas actitudes, para que el joven crea que, por alguna razón que ni él mismo es capaz de encontrarla, hay gente que es superior a otra. Y claro, casi cualquiera, es superior a la condición de cholo.
Aun hoy, después de tantas enseñanzas, de tantos y tan dramáticos acontecimientos ocurridos en el mundo, pueden salir hijos que creen que por el color de su piel son superiores. ¿Cómo es esto posible? La más de las veces, como dije, con el ejemplo. Una frase quejosa e insultante porque la chica de servicio en la casa se demoró en traer las galletitas, por ejemplo. Este es otro campo, tan o más grave que el de SL, en que los padres no nos hemos comportado a la altura que una sociedad como la nuestra requiere. Tan multicultural, tan multirracial. ¿Cómo se puede ser racista en el Perú? Aquí donde todas las razas, todos los colores, todas las cosmovisiones se han fundido para crearnos a todos como cholos, nos sale un jovencito, que, sin ningún mérito, quiere ofender a una señora diciéndole “chola”. Y ese chiquillo ¿Qué es? ¿Un ario?
Un racista, lo que siente, en realidad es temor. Temor por el otro, temor por lo diferente. Mientras, en el Perú, no entendamos que todos, todos somos cholos, seguiremos siendo, para nuestra vergüenza, uno de los países más racistas del mundo.